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Meditaciones Guiadas

Las meditaciones dinámicas, o Experiencias Guiadas, son ejercicios en los que el practicante va siguiendo las imágenes que se proponen en una narración. Por tanto, no se trata de meditar sobre un objeto dado o una situación dada ajena a uno mismo, sino que se propone un escenario en el que la persona que medita es el protagonista de la historia, al tiempo que se va desplazando por los distintos recintos internos. Cada narración es como un pequeño cuento en el que se dan tres momentos: la entrada y puesta en escena de la situación, un nudo o núcleo problemático que es el tema a trabajar y un desenlace o solución positiva a ese nudo con una salida no abrupta.

Estas Experiencias Guiadas permiten, a quienes las practican, reconciliarse consigo mismo, superando las frustraciones y los resentimientos pasados, ordenando las actividades presentes y dando un sentido de futuro que elimine las angustias, los temores y la desorientación. Las experiencias guiadas se presentan con gran variedad, pero todas tienden a lo mismo: movilizar los pensamientos con referencia a conflictos o dificultades para que se puedan manejar, reorganizándolos de un modo positivo.

Experiencias Guiadas fue escrito en 1980 y corregido en 1988. Este libro está dividido en dos partes. La primera, titulada Narraciones, es un conjunto de trece cuentos y constituye el cuerpo más denso y complejo. La segunda, bajo el título de Juegos de Imágenes, consta de nueve descripciones más sencillas que las de la primera parte.

A este material se lo puede considerar desde diferentes puntos de vista. El más superficial nos muestra una serie de relatos breves con final feliz. Otro enfoque revela a esta obra como una serie de prácticas psicológicas apoyadas en formas literarias. Todo el libro está escrito en primera persona pero se debe destacar que esa “primera persona” no es la que habitualmente apreciamos en otro tipo de escritos porque aquí no se trata de la primera persona del autor sino del lector.

Siempre hay una especial ambientación que sirve en cada cuento como enmarque para que el lector llene la escena con su propia personalidad y sus propias ocurrencias. Colaborando con estos ejercicios aparece en los textos un asteriscado (*) que marca pausas y ayuda a introducir mentalmente las imágenes que convierten a un lector pasivo en actor y coautor de cada descripción. Esa originalidad permite, a su vez, que una persona lea en voz alta (marcando las interrupciones mencionadas) y que otras, escuchando, imaginen su propio “nudo” literario. Tal cosa que en estos escritos es la tónica, en otros más convencionales destruiría toda secuencia argumental.

Debe anotarse que en toda pieza literaria el lector o el espectador (si se trata de representaciones teatrales, fílmicas o televisivas), puede identificarse más o menos plenamente con los personajes pero reconociendo en el momento o, posteriormente, diferencias entre el actor que aparece incluido en la obra y el observador que está “afuera” de la producción y no es otro que él mismo. En este libro ocurre lo contrario: el personaje es el observador, agente y paciente de acciones y emociones.

El Niño

El cuadro por el que se penetra al parque de diversiones está inspirado en la primera carta del Taroquis. Se trata de la imagen de un jugador, a la que siempre ha sido asociada la inversión de la realidad, el escamoteo y el truco. Es pariente del prestidigitador y abre una veta de irracionalidad que permite entrar en esa dimensión de maravilla propicia para el recuerdo infantil.

Experiencia Guiada: El Niño (audio para seguir la experiencia)

Voy caminando por el campo. Es de mañana, muy temprano. A medida que avanzo me siento seguro y alegre.

Alcanzo a divisar una construcción de aspecto antiguo. Parece hecha de piedra. También el techo, a dos aguas, es como de piedra. Grandes columnas de mármol resaltan en el frente. Llego al edificio y veo una puerta de metal, al parecer muy pesada. Desde un costado, sorpresivamente, salen dos animales feroces que se me abalanzan. Afortunadamente, quedan retenidos por sendas cadenas tensas, a muy corta distancia de mí. No tengo cómo llegar a la puerta sin que los animales me ataquen. Entonces, les arrojo un bulto que contiene comida. Las bestias lo engullen y quedan dormidas.

Me acerco a la puerta. La examino. No veo cerrojo ni otro elemento a utilizar para abrirla. Sin embargo, empujo suavemente y la hoja se abre con un sonido metálico de siglos. Un ambiente muy largo y suavemente iluminado, queda al descubierto. No alcanzo a ver el fondo. A izquierda y derecha hay cuadros que llegan hasta el suelo. Son tan grandes como personas. Cada uno representa escenas diferentes. En el primero, a mi izquierda, figura un hombre sentado tras una mesa sobre la que hay barajas, dados y otros elementos de juego. Me quedo observando el extraño sombrero con que está cubierta la cabeza del jugador. Entonces, trato de acariciar la pintura en la parte del sombrero pero no siento resistencia al tacto, sino que el brazo entra en el cuadro. Introduzco una pierna y luego todo mi cuerpo en el interior del cuadro. El jugador levanta una mano y exclama: “¡Un momento, no puede pasar si no paga la entrada!” Busco entre mis ropas, extraigo una esferita de cristal y se la doy. El jugador hace un gesto afirmativo y paso por su lado.

Estoy en un parque de diversiones. Es de noche. Veo por todas partes juegos mecánicos plenos de luz y movimiento… pero no hay nadie. Sin embargo, descubro cerca mío a un chico de unos diez años. Está de espaldas. Me acerco y cuando gira para mirarme, advierto que soy yo mismo cuando era niño. (*)

Le pregunto qué hace allí y me dice algo referente a una injusticia que le han hecho. Se pone a llorar y lo consuelo prometiéndole llevarlo a los juegos. Él insiste en la injusticia. Entonces, para entenderlo, comienzo a recordar cuál fue la injusticia que padecí a esa edad. (*) Ahora recuerdo y por algún motivo comprendo que es parecida a la injusticia que sufro en la vida actual. Me quedo pensando, pero el niño continúa con su llanto. (*)

Entonces digo: “Bueno, voy a arreglar esa injusticia que al parecer me hacen. Para eso, comenzaré a ser amigable con las personas que me crean esa situación”. (*)

Veo que el niño ríe. Lo acaricio y le digo que volveremos a vernos. Me saluda y se va muy contento. Salgo del parque, pasando al lado del jugador que me mira de soslayo. En ese momento toco su sombrero y el personaje guiña un ojo burlonamente. Emerjo del cuadro y me encuentro en el ambiente largo, nuevamente. Entonces, caminando con paso lento, salgo por la puerta. Afuera, los animales duermen. Paso entre ellos sin sobresalto.

El día espléndido me acoge. Regreso por el campo abierto con la sensación de haber comprendido una situación extraña cuyas raíces se hunden en un tiempo lejano. (*)

Las Nubes

Este trabajo toma el mismo nombre de la comedia que Aristófanes hizo representar en el 424 a.C. En toda la Experiencia hay un trasfondo alegre y burlón, en homenaje a la intención de la obra griega. La voz que se escucha al comienzo, contrae en una misma explicación, los “Génesis” de tres obras importantes. Así, el Cántico de la Creación del Rigveda, nos dice: “Entonces, no había lo existente ni lo no existente; no había reino del aire, ni del cielo, más allá de él”. En cuanto a “…las tinieblas estaban sobre la faz del abismo”, es textual del libro primero de Moisés (Génesis 1,2). Y lo referente a “no había seres humanos, ni un sólo animal, pájaro, pez, cangrejo, madera, piedra, caverna, barranco, hierba, selva”, corresponde al Popol-Vuh (libro del Consejo de los Indios Quichés, según el manuscrito de Chichicastenango). Aquello según lo cual “no había galaxias ni átomos”, nos ubica a la altura del periodismo actual, comentando la teoría del Big-Bang. Y, por último: “…tampoco había allí supermercados”, se trata de la explicación que diera una niña de cuatro años. La anécdota es ésta: –Dime Nancy, ¿cómo era todo antes de que empezara el mundo? “No había papá, ni mamá –repuso la pequeña– tampoco había allí supermercados.”

Experiencia Guiada: Las Nubes (audio para seguir la experiencia)

En plena oscuridad, escucho una voz que dice: “Entonces no había lo existente ni lo no-existente; no había aire, ni cielo y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo. No había seres humanos, ni un solo animal; pájaro, pez, cangrejo, madera, piedra, caverna, barranco, hierba, selva. No había galaxias ni átomos… tampoco había allí supermercados. Entonces, naciste tú y comenzó el sonido y la luz y el calor y el frío y lo áspero y lo suave”. La voz se silencia y advierto que me encuentro subiendo en una escalera mecánica, adentro de un enorme supermercado. He atravesado varios pisos y ahora veo que el techo del edificio se abre y la escalera sigue transportándome lenta y confortablemente, hacia un cielo despejado. Veo el edificio allí abajo, muy pequeño. La atmósfera es profundamente azul. Con gusto siento cómo la brisa hace ondear mis ropas, entonces aspiro el aire con placidez. Al cortar un suave estrato de vapor, me encuentro con un mar de nubes muy blancas. La escalera se curva aplanándose de modo que me permite caminar sobre ella como en una vereda. Desplazándome hacia adelante, compruebo que estoy avanzando en un piso de nubes. Mis pasos son muy armónicos. Puedo saltar largas distancias, ya que la gravedad es muy débil. Aprovecho para hacer piruetas, cayendo sobre mis espaldas y rebotando hacia arriba nuevamente, como si una gran cama elástica me impulsara cada vez. Los movimientos son lentos y mi libertad de acción es total. (*)

Escucho la voz de una antigua amiga que me saluda. Luego, la veo acercarse en una maravillosa carrera. Al chocar conmigo en un abrazo, rodamos y rebotamos una y otra vez haciendo todo tipo de figuras, riendo y cantando. (*)

Finalmente, nos sentamos y entonces ella saca de entre sus ropas una caña de pescar retráctil que va alargando. Prepara los aparejos, pero en lugar de anzuelos coloca un imán en forma de herradura. Luego comienza a maniobrar con el carrete y el imán va atravesando el suelo de nubes… Pasado un tiempo, la caña comienza a vibrar y ella grita: “¡Tenemos buena pesca!” Inmediatamente se pone a recoger los aparejos hasta que una gran bandeja va emergiendo adherida al imán. En ella hay todo tipo de alimento y bebida. El conjunto está cuidadosamente decorado. Mi amiga deposita la bandeja y nos disponemos para el gran festín. Todo lo que pruebo es de exquisito sabor. Lo más sorprendente es que los manjares no disminuyen. En todo caso, aparecen unos en reemplazo de otros con sólo desearlo, así es que me pongo a elegir aquellos que siempre quise comer y los consumo con gran fruición. (*)

Ya satisfechos, nos estiramos de espaldas sobre el blando colchón de nubes, logrando una estupenda sensación de bienestar. (*)

Siento el cuerpo algodonoso y tibio, totalmente aflojado, mientras suaves pensamientos surcan mi mente. (*)

Compruebo que no experimento prisa, ni inquietud, ni deseo alguno, como si contara con todo el tiempo del mundo para mí. (*)

En ese estado de plenitud y bienestar, trato de pensar en los problemas que tenía en la vida diaria y experimento que puedo tratarlos sin tensión innecesaria, de manera que las soluciones se me aparecen desapasionadas y claras. (*)

Al tiempo, escucho a mi amiga que dice: “Tenemos que volver”. Me incorporo y, dando unos pasos, siento que estoy sobre la escalera mecánica. Suavemente, ésta se inclina hacia abajo penetrando el piso de nubes. Percibo un tenue vapor, mientras comienzo el descenso hacia la tierra. Estoy acercándome al edificio, por cuya parte superior entra la escalera mecánica. Voy descendiendo por los distintos pisos del supermercado. Veo por todas partes a la gente que preocupadamente escoge sus objetos de compra. Cierro los ojos y escucho una voz que dice: “Entonces no había ni temor, ni inquietud, ni deseo, porque el tiempo no existía”. (*)

El Trineo

Los problemas en los desplazamientos, sobre los que trata esta experiencia, ponen en evidencia comportamientos excesivamente impetuosos en algunas personas que suelen desarrollar imágenes descrontroladas, signo de una gran impaciencia. También las personas convencidas de su debilidad, falta de agilidad o lentitud reproducen en esta práctica esas mismas características.

El Trineo (audio para seguir la experiencia)

Estoy en una gran explanada cubierta de nieve. A mi alrededor hay muchas personas practicando deportes de invierno. Me doy cuenta que hace frío, no obstante el espléndido sol, por el vapor que sale de mi boca. Siento, a veces, ráfagas heladas que golpean mi cara… pero me agrada mucho.

Se acercan varios amigos transportando un trineo. Me indican que me suba y lo maneje. Explican que su diseño es perfecto y que es imposible perder el control. Así es que sentándome en él, ajusto las correas y herrajes. Me coloco las gafas y pongo en marcha las turbinas que silban como pequeños jets. Oprimo suavemente el acelerador con el pie derecho y el trineo empieza a moverse. Aflojo el pie y aprieto el izquierdo. El aparato se detiene dócilmente. Luego, maniobro con el volante a derecha e izquierda sin esfuerzo alguno. Entonces, dos o tres amigos salen adelante mío, deslizándose en sus esquíes. “¡Vamos!”, gritan. Y se lanzan desde la explanada, zigzagueando en el descenso, por la magnífica ladera montañosa.

Aprieto el acelerador y comienzo a moverme con una suavidad perfecta. Empiezo el descenso tras los esquiadores. Veo el hermoso paisaje cubierto de nieve y coníferas. Más abajo, algunas casas de madera y allí, a lo lejos, un valle luminoso.

Acelero sin temor y paso a un esquiador, luego a otro y, finalmente, al tercero. Mis amigos saludan con gran algarabía. Enfilo hacia los pinos que aparecen en mi trayecto y los eludo con movimientos impecables. Entonces, me dispongo a dar más velocidad a la máquina. Aprieto a fondo el acelerador y siento la tremenda potencia de las turbinas. Veo pasar los pinos a mis costados, como sombras imprecisas, mientras la nieve queda atrás flotando en finísima nube blanca. El viento helado me estira la piel del rostro y tengo que esforzarme para mantener los labios apretados.

Veo un refugio de madera que se agranda velozmente y, a sus costados, sendos trampolines de nieve para práctica de salto gigante en esquí. No vacilo, apunto hacia el de la izquierda. En un instante estoy sobre él y en ese momento corto el contacto de los motores, para evitar un posible incendio en la caída…

He salido catapultado hacia arriba, en un vuelo estupendo. Sólo escucho el bramido del viento, mientras empiezo a caer cientos de metros.

Aproximándome a la nieve, compruebo que mi ángulo de caída va coincidiendo perfectamente con la inclinación de la ladera y así, toco el plano delicadamente. Enciendo las turbinas y sigo acelerando mientras me acerco al valle. He comenzado a frenar poco a poco. Levanto mis gafas y enfilo lentamente hacia el complejo hotelero desde el que salen numerosos funiculares, que llevan deportistas a los montes. Finalmente, entro en una explanada. Adelante y a la derecha, observo la boca negra de un túnel como de ferrocarril. Apunto despacio hacia él, sobrepasando unas charcas de nieve derretida. Al llegar a la boca, me cercioro: no hay vías de tren, ni huellas de vehículos. Sin embargo, pienso que podrían desplazarse por allí grandes camiones. Tal vez se trate del depósito de los quitanieves. Sea como fuere, entro lentamente en el túnel. Está débilmente iluminado. Enciendo el faro delantero y su fuerte haz me permite ver un camino recto por varios cientos de metros. Acelero. El sonido de los jets retumba y los ecos se entremezclan. Veo adelante que el túnel se curva y en lugar de frenar acelero, de manera que llegando al lugar me deslizo por la pared sin inconveniente. Ahora el camino desciende y, más adelante, se curva hacia arriba describiendo un espiral como si se tratara de un serpentín o un fantástico resorte.

Acelero, estoy bajando. Emprendo la subida y comprendo que en un momento estoy corriendo por el techo, para bajar nuevamente y volver a una línea recta. Freno suavemente y me dispongo a descender en una caída parecida a la de una montaña rusa. La pendiente es muy pronunciada. Comienzo la bajada pero voy frenando simultáneamente. La velocidad se va amortiguando. Veo que me estoy desplazando sobre un puente angosto que corta el vacío. A ambos lados hay una profunda oscuridad. Freno aún más y tomo la recta horizontal del puente que tiene el exacto ancho del trineo. Pero me siento seguro. El material es firme. Al mirar tan lejos como lo permite la luz del faro, mi camino aparece como un hilo tenso separado de todo techo, de todo fondo, de toda pared…, separado por distancias abismales. (*)

Detengo el vehículo, interesado por el efecto de la situación. Empiezo a imaginar diversos peligros pero sin sobresalto: el puente cortándose y yo cayendo al vacío. Luego, una inmensa araña descendiendo por su grueso hilo de seda… bajando hasta mí, como si fuera yo una pequeña mosca. Por último, imagino un derrumbe colosal y largos tentáculos que suben desde las oscuras profundidades. (*)

Aunque el decorado es propicio, compruebo que tengo suficiente fuerza interior como para vencer los temores. De manera que intento, una vez más, imaginar algo peligroso o abominable y me abandono a esos pensamientos. (*)

He superado el trance y me siento reconfortado por la prueba que me impuse, de manera que conecto las turbinas y acelero. Paso el puente y llego nuevamente a un túnel parecido al del comienzo. A marcha veloz, tomo una subida muy larga. Pienso que estoy llegando al nivel de salida. Veo la luz del día que va aumentando de diámetro. Ahora, en línea recta, salgo raudo a la explanada abierta del complejo hotelero. Voy muy despacio, eludiendo gente que camina a mi alrededor. Así continúo muy despacio, hasta llegar a un extremo del lugar que conecta con las canchas de esquí Bajo las gafas y comienzo a acelerar para llegar con suficiente velocidad a la ladera, que terminará en la cima desde la que comencé mi recorrida. Acelero, acelero, acelero… Estoy subiendo el plano inclinado a la increíble velocidad que tuve en la bajada. Veo acercarse el refugio de madera y los dos trampolines a sus costados, sólo que ahora se presenta una pared vertical que me separa de ellos. Giro a la izquierda y continúo el ascenso hasta pasar por un costado, a la altura de las rampas. Los pinos pasan a mi lado como sombras imprecisas, mientras la nieve queda atrás flotando en finísima nube blanca…

Adelante veo a mis tres amigos parados, saludándome con sus bastones en alto. Giro en círculo cerrado alrededor de ellos, arrojándoles cortinas de nieve. Continúo el ascenso y llego a la cima del monte. Me detengo. Interrumpo el contacto de las turbinas. Levanto mis gafas. Suelto las hebillas de las correas y salgo del trineo. Estiro las piernas y luego todo el cuerpo, apenas entumecido. A mis pies y descendiendo por la magnífica ladera veo las coníferas y muy lejos, como un conjunto irregular, el complejo hotelero. Siento el aire purísimo y el efecto del sol de montaña curtiendo la piel de mi cara. (*)

La Protectora de la Vida

Está inspirado en la carta 21 del Tarot. En las cartas Taroquis, aparece la imagen más aproximada a la de esta experiencia, no así en la primera recopilación de Court de Gibelin o del Tarot de los Bohemios o, por último, del seudo Tarot egipcio. Sobre el Anima Mundi (llamada “el mundo” en el Tarot), hay un grabado muy ilustrativo en el libro de Fludd Utriusque Cosmi Maioris, publicado en 1617. Jung, se refiere también a éste personaje en sus Transformaciones y símbolos de la libido. A su vez, las religiones no dejan de tener en cuenta a éstas vírgenes de las grutas. En ese sentido, la protectora de la vida es una virgen de las grutas con elementos del paganismo griego, tales como la corona de flores y el cervatillo que lame su mano, recordando a Artemisa o su contrafigura romana, Diana. No sería difícil cambiar su corona por una de estrellas, o asentar sus pies sobre una media luna para estar en presencia de una virgen de las grutas, pero patrimonio ya de las nuevas religiones que desplazaron al paganismo. La ambientación del argumento es tropical y eso contribuye a resaltar la extrañeza de la situación. La calidad del agua que bebe el protagonista, trae a cuento al elixir de la juventud. Todos esos elementos, combinados, sirven al mismo objetivo de enaltecer la reconciliación con el propio cuerpo.

La Protectora de la Vida (audio para seguir la experiencia)

Floto de espaldas en un lago. La temperatura es muy agradable. Sin esfuerzo, puedo mirar a ambos lados de mi cuerpo descubriendo que el agua cristalina me permite ver el fondo.

El cielo es de un azul luminoso. Muy cerca hay una playa de arenas suaves, casi blancas. Es un recodo sin oleaje, al que llegan las aguas del mar.

Siento que mi cuerpo flota blandamente y que se relaja cada vez más, procurándome una extraordinaria sensación de bienestar. En un momento, decido invertir mi posición y, entonces, comienzo a nadar con mucha armonía hasta que gano la playa y salgo caminando lentamente.

El paisaje es tropical. Veo palmeras y cocoteros, al tiempo que percibo en mi piel el contacto del sol y la brisa.

De pronto, a mi derecha, descubro una gruta. Cerca de ella, serpentea el agua transparente de un arroyo. Me acerco al tiempo que veo, dentro de la gruta, la figura de una mujer. Su cabeza está tocada con una corona de flores. Alcanzo a ver los hermosos ojos, pero no puedo definir su edad. En todo caso, tras ese rostro que irradia amabilidad y comprensión, intuyo una gran sabiduría. Me quedo contemplándola mientras la naturaleza hace silencio.

“Soy la protectora de la vida”, me dice. Le respondo tímidamente que no entiendo bien el significado de la frase. En ese momento, veo un cervatillo que lame su mano. Entonces, me invita a entrar a la gruta, indicándome luego que me siente en la arena frente a una lisa pared de roca. Ahora no puedo verla a ella, pero oigo que me dice: “respira suavemente y dime qué ves”. Comienzo a respirar lenta y profundamente. Al momento, aparece en la roca una clara imagen del mar. Aspiro y las olas llegan a las playas. Espiro y se retiran. Me dice: “Todo en tu cuerpo es ritmo y belleza. Tantas veces has renegado de tu cuerpo, sin comprender al maravilloso instrumento de que dispones para expresarte en el mundo” En ese momento, aparecen en la roca diversas escenas de mi vida en las que advierto vergüenza, temor y horror por aspectos de mi cuerpo. Las imágenes se suceden. (*)

Siento incomodidad al comprender que ella está viendo las escenas, pero me tranquilizo de inmediato. Luego agrega: “Aún en la enfermedad y la vejez, el cuerpo será el perro fiel que te acompañe hasta el último momento. No reniegues de él cuando no pueda responder a tu antojo. Mientras tanto, hazlo fuerte y saludable. Cuídalo para que esté a tu servicio y oriéntate solamente por las opiniones de los sabios. Yo que he pasado por todas las épocas, sé bien que la misma idea de belleza cambia. Si no consideras a tu cuerpo como al amigo más próximo, él entristece y enferma. Por tanto, habrás de aceptarlo plenamente. Él es el instrumento de que dispones para expresarte en el mundo… Quiero que veas ahora, qué parte de él es débil y menos saludable”. Al punto, aparece la imagen de esa zona de mi cuerpo. (*)

Entonces, ella apoya su mano en ese punto y siento un calor vivificante. Registro oleadas de energía que se amplían en el punto y experimento una aceptación muy profunda de mi cuerpo tal cual es. (*)

“Cuida a tu cuerpo, siguiendo solamente las opiniones de los sabios y no lo mortifiques con malestares que solo están en tu imaginación. Ahora, vete pleno de vitalidad y en paz”.

Al salir de la gruta reconfortado y saludable, bebo el agua cristalina del arroyo que me vivifica plenamente.

El sol y la brisa besan mi cuerpo. Camino por las arenas blancas hacia el lago y al llegar veo por un instante la silueta de la protectora de la vida que se refleja amablemente en las profundidades.

Voy entrando en las aguas. Mi cuerpo es un remanso sin límite. (*)

El Minero

El hombrecillo de la mina es un gnomo, personaje de las profundidades muy difundido en leyendas y cuentos europeos. Según está tratado en esta Experiencia, el gnomo es una alegoría de los impulsos cenestésicos viscerales traducidos a imagen visual.

Hay gente alrededor mío. Todos estamos vestidos de mineros. Esperamos que suba el montacargas. Es muy temprano. Una llovizna suave cae del cielo plomizo. Diviso a lo lejos, la silueta negra de la fábrica que resplandece en sus altos hornos. Las chimeneas vomitan fuego. El humo se eleva en densas columnas. Distingo, entre el ritmo lento y distante de las máquinas, una aguda sirena que marca el cambio de turno de personal. Veo subir lentamente el montacargas que, con una fuerte vibración, termina por detenerse a mis pies. Avanzamos hasta emplazarnos sobre la plancha metálica. Se cierra una reja corrediza y comenzamos a descender lentamente, entre el murmullo de los comentarios. La luz del montacargas, me permite ver la pared rocosa que pasa muy cerca. A medida que descendemos, aumenta la temperatura y el aire se torna viciado. Nos detenemos frente a una galería. Sale la mayoría de los ocupantes del montacargas. Se cierra nuevamente la reja. Hemos quedado cuatro o cinco mineros. Continuamos la marcha, hasta parar en otra galería. Desciende el resto de los ocupantes. Quedo solo y recomienzo la bajada. Finalmente, se detiene la plancha con estrépito. Empujo la reja y avanzo introduciéndome en un socavón apenas iluminado. Escucho el ruido del montacargas regresando.

Adelante, sobre unos rieles está la zorra de transporte. Me subo en ella y arranco el motor, desplazándome luego lentamente por el túnel. Detengo el carro al término de las vías. Bajo y comienzo a descargar herramientas. Enciendo la linterna de mi casco. Escucho ecos lejanos, como de trépanos y martillos hidráulicos… pero también percibo una débil voz humana que llama ahogadamente. ¡Yo sé que significa eso! Dejo las herramientas y me cruzo unas cuerdas en el hombro. Arrebato una piqueta y avanzo resueltamente por el túnel que se va estrechando. La luz eléctrica ha quedado atrás. Sólo me guío por el reflector del casco. Periódicamente me detengo para escuchar la dirección del lamento. Llego encogido al fondo del túnel. Adelante, en la excavación recientemente practicada, termina la galería. El material disperso me indica que el techo se ha desmoronado. Por entre rocas y vigas de madera quebradas, fluye agua. El piso está convertido en un lodazal, en el que se hunden mis botas. Remuevo varias piedras, ayudándome con la piqueta. En un momento, queda al descubierto un agujero horizontal. Mientras calculo cómo deslizarme por él, percibo netamente los quejidos, seguramente el minero atrapado está a pocos metros de distancia. Introduzco entre las rocas la piqueta y ato a su mango un extremo de la cuerda ajustando el otro alrededor de mi cintura. Ajusto mi atadura con una hebilla metálica. Me sumerjo en la cavidad dificultosamente. Arrastrándome sobre los codos avanzo en un descenso pronunciado. Veo, a la luz del casco, que el conducto se estrecha hasta quedar cerrado. El calor húmedo es sofocante, la respiración dificultosa. (*)

Desde mis pies corre cieno espeso. Lentamente va cubriendo mis piernas y se desliza pegajosamente bajo el pecho. Advierto que mi estrecho recinto quedará cubierto de lodo en poco tiempo. Hago presión hacia arriba, pero mi espalda pega contra la roca viva. Intento retroceder… ya no es posible. La voz quejumbrosa está muy cerca. (*)

Grito con todas mis fuerzas y el suelo cede arrastrándome en su derrumbe… Un fuerte tirón en la cintura, coincide con el súbito detenimiento de la caída. Quedo suspendido de la cuerda como un absurdo péndulo de barro. Mi carrera se ha detenido muy cerca de un piso alfombrado. Veo ahora, en un ambiente fuertemente iluminado, una elegante sala en la que distingo una suerte de laboratorio y enormes bibliotecas. Pero la urgencia de la situación hace que me ocupe en cómo salir de ella. Con la mano izquierda ajusto la soga tensa y con la otra suelto la hebilla que la sujeta a mi cintura. Luego, caigo suavemente sobre la alfombra.

¡Qué modales, amigo!, ¡qué modales! –dice una voz aflautada. Giro sobre mis pies y quedo paralizado. Tengo al frente un hombrecillo de, tal vez, sesenta centímetros de altura. Descartando sus orejas ligeramente puntiagudas, se diría que es muy proporcionado. Está vestido con alegres colores, pero con un inconfundible estilo de minero. Me siento entre ridículo y desolado, cuando me ofrece un cóctel. De todas maneras, me reconforto bebiéndolo sin pestañear.

El hombrecillo junta sus manos y las lleva adelante de la boca a modo de bocina. Luego, emite el quejido que simula a un pedido de socorro, ese quejido que tan bien recuerdo. Entonces, crece en mí una enorme indignación. Le pregunto qué significa esa burla y me responde que gracias a ella, mi digestión habrá de mejorar en el futuro. El personaje sigue explicando que la cuerda que apretó mi cintura y el abdomen en la caída, ha hecho muy buena labor; igualmente, el recorrido del túnel sobre mis codos. Para terminar sus extraños comentarios, me pregunta si tiene algún significado para mí, la frase: “Usted se encuentra en las entrañas de la tierra”. Respondo que esa es una manera figurada de decir las cosas, pero él replica que, en este caso, se trata de una gran verdad. Entonces, agrega: “Usted está en sus propias entrañas. Cuando algo anda mal en las vísceras, las personas piensan cosas extraviadas. A su vez, los pensamientos negativos perjudican las vísceras. Así es que en adelante, cuidará usted ese asunto. Si no lo hace, me pondré a caminar y usted sentirá fuertes cosquilleos y todo tipo de molestias internas… Tengo algunos colegas que se ocupan de otras partes como los pulmones, el corazón, etcétera” Dicho eso, el hombrecillo comienza a caminar por las paredes y el techo, al tiempo que registro tensiones en la zona abdominal, el hígado y los riñones. (*)

Luego, me arroja un chorro de agua con una manguera de oro, limpiándome el barro cuidadosamente. Quedo seco al instante. Me tiendo en un amplio sofá y comienzo a relajarme. El hombrecillo pasa una escobilla, rítmicamente, por mi abdomen y cintura, logrando en mí una notable relajación de esas zonas. Comprendo que al aliviarse los malestares del estómago, hígado o riñones, cambian mis ideas y sentimientos. (*)

Percibo una vibración al tiempo que me elevo suavemente. Estoy en el montacargas subiendo hacia la superficie de la tierra.